jueves, 13 de agosto de 2009

Ejercicios

R me reclama porque no hago deporte. Creo que hacer el ejercicio diario de volverse humana debería considerarse como una de esas prácticas. Después de tantas horas de trabajo, de estar preocupada de esto y de esto otro, he tomado decisiones y me he visto en la obligación de implementar una mini rutina antes de dormir, rutina que tiene un propósito claro: humanizarme. Técnica número uno: no encender la televisión. Últimamente la suma TV + cansancio termina en catástrofe. Dos: ver una película buena antes de dormir, aunque tengo que reconocer que por partes porque no me da el cuero para ver una completa. De esta forma, dejo la vida real o la vida televisiva de lado, dando paso a una maravillosa historia de ficción, que si cuenta con un buen director puede ser un deleite para quienes robotizados buscamos un poco de emoción.

martes, 11 de agosto de 2009

Bus

Voy camino a Santiago y aprieto play en Wild Horses. Cruzando el valle, me percato de varias cosas, entre ellas que no soy liberal, que me gusta ver a la gente dormir y confirmo que soy amante de viajar mientras la atrevida y mal educada música por cierto se intenta escapar por los audífonos procurando despertar al vecino.

sábado, 8 de agosto de 2009

Proyección

La gente se proyecta conmigo lo mismo que el largo de este post.

martes, 4 de agosto de 2009

Boutique

Entre pañuelos, pendientes, bufandas y jabones encontre lindos obsequios en la boutique. Sin embargo, llegue a casa sin el que mas quería.

domingo, 2 de agosto de 2009

Cambio de look

Este invierno ha sido particular, diferente, extraño. He tomado menos chocolate caliente, me he abrigado más, he encendido la estufa todos los días.

Hace unas semanas que R recurrentemente menciona que los seres humanos pasamos también por estaciones. Él se autoreconoce en invierno y la primera vez que me preguntó, le dije que yo estaba como siempre al medio... entre invierno y una estación no definida. Sin embargo, esta semana la lluvia inundo mi inestable estado de ánimo y creo que estoy en pleno invierno. Aceptando y adaptándome a cambios e imposiciones.

Para levantarme un poco el ánimo o más bien para poder levantarme y no pasar nuevamente acostada todo el día, decidí actuar como una niña e ir a la peluquería. Acepté esos consejos de revistas para mujeres que dicen que ir a peluquero es casi un acto sicomágico donde cada mechón que cae a las blancas baldosas son pesos espirituales que dejas acumulados en alguna bolsa de basura.

Mi pelo, descuidado como mi cutis, mis uñas y quizás un poco mi vestimenta, fue en algo de más de media hora considerablemente mejorado. Un masaje, que me costó un ojo de la cara, pero que según el peluquero me quitaría esa apariencia triste y desarreglada me alegró la mañana. Después, vino una avalancha de preguntas ¿qué quieres? ¿Cuántas veces te cepillas el pelo? ¿Para que lado te haces la partidura?, Creo que no respondí a cabalidad ninguna. ¡Quiero solo que mi pelo se vea mejor y quiero un flequillo!, respondí entre risas.

En 20 minutos era otra. Ambos concluimos, el peluquero y yo, que mi cabello es taimado y que no hay que llevarle la contra.... Mira tú, se parece a alguien que conozco, pensé, mientras nuevamente me llenaba de nuevas preguntas. ¿Te gusta el flequillo o lo prefieres más corto? A esas alturas, rendida a las tijeras del joven, le dije... elige tú. Un par de retoques más y estaba lista.

Al parecer algo de razón tienen esos consejos baratos de aquellas revistas rosadas.